Sobre el sexo y el género

Por simple curiosidad entro en el diccionario de la RAE a buscar una definición que ya creo conocer a la perfección. Introduzco en el buscador la palabra ‘Mujer’. En la primera entrada encuentro: 1. f. Persona del sexo femenino. No quedo satisfecha y decido buscar ‘femenino’ a ver si esa búsqueda me resuelve algo de lo que estoy buscando (que no sé lo que es exactamente). Las primeras entradas son bastante familiares para mí. Pero la sexta me depara una sorpresa: 6. adj. Débil, endeble. ¡Eso es exactamente lo que buscaba! Alguna ‘perla’ para sacarme una carcajada tenía que guardar el lenguaje. Como me ha gustado esto de las búsquedas, y después de quedar perpleja con la sexta entrada me dispongo a buscar ‘masculino’. Para empezar, aquí hay sólo tres entradas, y en la tercera encontramos lo siguiente: 3. adj. Varonil, enérgico. Aunque no soy nada católica (y menos practicante) exclamo casi sin darme cuenta: ‘¡Virgen santa!’. Y aquí es donde empieza el cuento de nunca acabar: en el lenguaje. El lenguaje es el que marca en gran parte al conjunto de la sociedad. El lenguaje es genérico, nos clasifica según el sexo así pues: Soy mujer. Género femenino aunque ni débil ni endeble. Y así me siento.

Recuerdo que cuando era pequeña casi siempre llevaba pantalones. Me resultaban más cómodos para corretear y jugar todo el día, sobretodo en verano. Aún hoy acostumbro a usar pantalones en vez de falda o vestido incluso cuando salgo. Me siguen resultando más cómodos (aunque ya no para corretear). Que yo recuerde, siempre he escuchado comentarios por parte de familiares, vecinos, amigos de familiares y todo tipo de gentes que me decían ‘¿por qué no te pones faldita? Así parecerás más femenina’.

Mi abuela se empeñaba en regalarme vestidos que muchas veces heredaba, con la etiqueta y sin estrenar, mi prima pequeña (ella siempre mucho más femenina en apariencia que yo). Se trataba pues de parecer más mujer a los ojos de la sociedad, no de sentirme más mujer. Yo no quería parecer femenina, no me sirve de nada parecer femenina si no lo siento. Pese a jugar poco con muñecas y mucho con pelotas, pese a usar pantalones y pese a preferir una bicicleta antes que una Barbie, nunca he dejado de sentirme menos mujer. ¿Por qué, entonces durante toda mi juventud, se empeñaban en que yo pareciera femenina? Tenía que parecer que actuaba como tal. El género se actúa. Actúo como mujer porque a mis 22 años he decidido actuar como tal.

Tenemos miedo a saltarnos la ‘cómoda’ norma establecida por la mayoría. El ser humano necesita encasillar por pura comodidad, para saber cómo denominar las cosas. Desde el mismo momento del nacimiento se nos asigna un género, una sexualidad que marcará nuestra vida, una raza, un nombre y hasta una religión. Así pues en el momento de mi nacimiento todos esperan que sea Mujer, Heterosexual, Caucásica, Sílvia y cristiana. Con estas etiquetas es mucho más fácil encasillarme en la sociedad puesto que, a priori, no muestran ambigüedades. Se trata pues de ‘un mundo pensado para ordenar’. Es increíble observar como alguien se descoloca cuando pierde alguna de estas etiquetas sobre una persona a la que creía claramente encasillada.

Todos respondemos a una “llamada” bajo la cual decidimos cómo queremos ser y es la que nos convierte en sujetos y nos “sujeta” a nuestra identidad. Es un acto mediante el cual el ser humano se posiciona y se reconoce en una sociedad: Me posiciono como mujer u hombre según como yo me siento. El problema reside en el hecho que en nuestra sociedad sólo hay una voz autorizada y es la de posicionarse como hombre si tus características físicas corresponden a las de un macho (si tienes la capacidad de fecundar según la RAE) o el de posicionarte como mujer en caso de que tu físico sea el de una hembra (si tienes la capacidad de ser fecundada también según la RAE). Encontramos pues que hombre y mujer son una categoría social dada por una ideología concreta e impuesta que asimila el físico a unos comportamientos determinados.

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