Zapatos nuevos

Aquella mañana decidí cambiar mis zapatos, los de siempre, aquellos que tienen más memoria incluso que su dueño, que han recorrido cientos de kilómetros de tu vida y que conocen los detalles de cada asfalto que han pisado. Aquella mañana decidí cambiar mis zapatos por unos nuevos.

Suela blanca y, sobretodo, limpia que me aseguraba que a partir de aquél momento se volverían a recorrer caminos nuevos, desconocidos hasta entonces. Que un nuevo asfalto volvería a escribir cientos de historias sobre ellas. Historias en las que tratarían de evitar los pasos en falso que cometieron los zapatos anteriores. Evitando muchos tropiezos anteriores, aunque sin poder esquivar, seguramente, alguna de las piedras que me hicieron caer. Los errores cometidos en caminos ya recorridos serían pisados con fuerza para dejar una nueva huella.

Aquella mañana me calcé unos zapatos que evitarían los caminos llenos de irregularidades y que me prometían un paso firme con una suela dura para amortiguar los golpes. Pero aquellos zapatos nuevos tenían un pequeño inconveniente: su suela, aunque blanca y limpia, era un poco más alta que la de los anteriores. Tendría que volver a encontrar el punto de equilibrio. Un nuevo reto.

Primero me puse el izquierdo, porque no siempre el pie derecho tiene que ir por delante, y luego el derecho. Aquella mañana cambié de zapatos, y también de vida.

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